Arte
Instrucciones sobre Leonora Carrington
Mood Magazine
hace 6 días

Salvador Mendiola (México, 1952). Poeta, periodista y catedrático en periodismo y ciencias de la comunicación.

 

 

Por Salvador Mendiola

A lo lejos, en la bruma, flotan rostros.

PIERRE REVERDY

Leonora hechicera juega con fuego y solidificándolo hace tangibles sus visiones, su mundo, en los maravillosos cuadros que pinta y que le han valido su igualmente sólido renombre dentro de la pintura contemporánea.

CÉSAR MORO

 

 

Afortunadamente, Leonora Carrington (1917-2011) es un misterio. Uno de los más grandes misterios de la historia. Y así debe permanecer, hecha toda misterio. Oscuridad insondable. Como Hermes Trismegisto o como Cagliostro, también como Santa Teresa y Edith Stein, por ejemplo. La fuerza de su Obra es precisamente El Misterio. Ella es y ella comunica lo más misterioso del ser. Querer descifrarla o explicarla es perder lo esencial y devolverla a donde nunca quiso estar, ni como persona ni como artista ni como hechicera.

Porque Leonora Carrington fue una hechicera primero que nada. Un ser capaz de transformar la realidad, igual la propia que la colectiva, generalmente para provocar curaciones. Pero también para causar males. De no haberlo sido, Carrington se hubiera perdido en las soledades sin fondo de lo que llamamos enfermedad mental, el infierno de la psiquiatría. Con sus hechizos personales se defendió de la costumbre y el gran bostezo, para lograr salir, en su hora, del sanatorio psiquiátrico donde la diagnosticaron loca incurable. También fue una hechicera la que se aproximó al escándalo surrealista, un escándalo muy de machos románticos, pero machos; y lo que la convirtió en una musa y un reto para Max Ernst, lo mismo que la condujo a contraer matrimonio con Renato Leduc para venir a México y ser libre como deseaba ser.

Una hechicera que confirmó su vocación y destino con la amistad mexicana de Remedios Varo, otra hechicera grandiosa, otra renovadora del surrealismo, y luego con la amistad de Luis Buñuel, o sea, El Surrealista. De igual modo fue su trato con César Moro, la confirmación constante de sus poderes de visionaria y adivina.

Entonces, nadie entenderá a Leonora Carrington si la quiere ver como una pintora normal o como una surrealista más. Lo trascendental de su mensaje es la hechicería, la forma como sus obras emergen de sus sueños para ingresar de modo misterioso en los de quien las vea. Es intersubjetividad onírica, “inconsciente”, comunicación efectivamente sobrenatural y paranormal.

Si se va en busca de la belleza y el goce estético, no tiene sentido visitar la actual exposición de obras de Carrington, “Cuentos Mágicos”, en el Museo de Arte Moderno. Lo bello y artístico de sus creaciones son algo totalmente secundario, un efecto distante. Porque Leonora Carrington no creó sus obras para eso, aunque nunca ignoró que por un tiempo se moverían en el espacio burgués de lo bello y lo estético. Carrington produjo mensajes para la liberación de la persona, imágenes para transformar la conciencia y la existencia, así sea muy levemente y muy poco a poco. Todo es cosa de contemplar en la realidad inmediata esas obras, porque sus poderes hechiceros no se transmiten en las reproducciones, porque no se pueden fotografiar ni escanear. De allí su gran magia. Una magia atea y escéptica, sin verdad única y sin dogma. Una magia irracional como el cariño que puede sentir un animal por un humano o un humano por una cosa, digamos un cuadro o una escultura.

Por tanto, quien quiera ir en busca de lo importante de Leonora Carrington, comience de esta manera el recorrido por las tres salas que integran la exposición…

Uno. En la primera sala vaya inmediatamente hasta el final, donde encontrará el mural titulado El mundo mágico de los mayas (1963). Contemple esas imágenes sin prisa, véalas de verdad, trate de identificar lo que representan de inmediato, ólvidese tanto como sea posible de todo lo que sabe sobre los mayas; luego deje su mente en libertad, permita que fluya la asociación libre de ideas, pero sobre todo de sentimientos. Trate de sentir esa gran imagen y cada uno de sus detalles. No se trata de ver de qué se trata el mural, no esta vez; de lo que se trata es de aprender a estar en el mundo misterioso de las imágenes de Leonora Carrington, una hechicera.

Dos. Muy cerca de ese mural, casi enfrente, encontrará usted el cuadro titulado Took My Way Down, Like a Messenger, to the Deep (1977). Vea con cuidado los triángulos con que se integra la imagen, son dos Estrellas de David, una encima de la otra. Contemple nada más la geometría puesta en juego, no se concentre en las figuras, para que se interrogue muy en serio por qué ve las figuras que inevitablemente irá viendo. No se trata de saber qué significan esas imágenes, sino de meditar en por qué usted las ve, ¿qué le hace verlas y a dónde llevan su imaginación otra vez puesta en libertad? ¿Con cuáles de sus propios sueños coinciden? ¿O por qué las ve tan extrañas y distantes de sus sueños? Hasta que vea el cuadro y al mismo tiempo vea las imágenes propias en que le hace pensar.

Tres. En ese mismo espacio de la sala de exposiciones, un poco a la izquierda de donde se sitúa el cuadro anterior, se encuentra Quería ser Pájaro (Retrato de Enrique Álvarez Félix, 1960). Todo lo que se necesita saber es que la figura de huevo, según Carrington, representa al mismo tiempo un telescopio y un microscopio para la tarea interminable de conocernos a nosotros mismos, y que el retratado, al realizar tal acción metafísica de mirar dentro y fuera de sí, ha llegado a conocer su ser imposible, ese oscuro objeto del deseo que nos da voluntad de existir, “ser pájaro” en este caso. Eso es una alegoría, obvio, no algo literal, por ello el pájaro así deseado por Álvarez Félix se ve afectado por los demás animales presentes en el cuadro, sus verdaderos otros yo. De allí en adelante la contemplación del cuadro será continuar meditando en todas las ideas y recuerdos que provoca la experiencia de ver esas tres pinturas de Carrington como un huevo para nuestro propio pensar. Será una vivencia totalmente personal, completamente íntima, quizá incomunicable, un encuentro real con la propia conciencia de quien haga el experimento. No será una experiencia de cultura, sino de metamorfosis interna.

A partir de allí se puede saber si se entiende o no el mensaje de la hechicera Leonora Carrington. No se necesita de más para saberlo. Si en ese tercer cuadro no se ha entendido nada y todo sigue igual de opaco que al principio, no hay problema, la mente de uno no está hecha para dialogar con Lady Carrington. Hay que buscar por otro lado. Pero si en ese tercer paso se ha comenzado ya dentro de su conciencia un diálogo real con esas imágenes como ideas para conocernos mejor y saber ligar lo que dicen los sueños con lo que se vuelve opaco en la vigilia, entonces ya se está en el camino o terapia que nos lleva por el infierno, el purgatorio y el cielo del saber pensar por cuenta propia, la emancipación del ser que sí somos en definitiva. Lo que está en juego con el misterioso mensaje de la Obra de Carrington. Algo que desconocen los críticos de arte y la gente culta que ve pintura en los museos como si estuviera en misa de tres curas. Lo siguiente, ya entonces, será deambular libremente por las salas de la exposición en busca de otra imagen que conecte con lo que ya se esté pensando y sintiendo por propia cuenta. No hay que ver todo lo expuesto en el MAM dentro de una sola visita, no es lo recomendable, porque eso de querer ver tanto de una vez no deja llegar a nada. Hay que saber elegir lo necesario para ver lo que se tiene que ver. Que no sea un maratón de ver obras de arte, sino un acto serio de auto-análisis crítico De eso se trata la cosa del misterio de Leonora Carrington.