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La sangre de los animales III
Mood Magazine
hace 2 semanas

Adela HR (México, 1966) es poeta, periodista, gastrónoma y catedrática en comunicación y periodismo.

 

 

El plástico no es biodegradable, los animales sí

 

 

Por Adela HR

 

Los habitantes de las grandes ciudades urbanizadas pocas oportunidades tienen de tratar con animales que no entren en el rango de mascota. Los zoológicos y los circos ya no son considerados dignos para los seres humanos como espectáculo donde asistir sin conciencia de culpa. Tenemos actualmente una extraña relación culposa con los animales, hay un exacerbado cuidado por preservar a esos seres vivientes que hasta hace muy poco usábamos para todo, sí, para todo.

Todos esos objetos que ahora son de plástico, antes estaban hechos básicamente de las partes que no nos comemos de los animales, como pieles, huesos, grasa y demás, porque todo lo sabemos aprovechar los humanos para no desperdiciar nada. Es decir, teníamos y hacíamos productos naturales que tomábamos no solo del mundo vegetal y mineral, también echábamos mano del mundo animal. Y era un entorno muy ecológico, al ser todo usado y reutilizado del mundo vegetal, mineral y  animal.

Ahora la humanidad está en jaque porque el plástico no es biodegradable a corto plazo y nos está llegando al tope.  Y justamente el reclamo es por un mundo más ecológico y biodegradable. Propiedades que están actualmente muy sobrestimadas y son como las cualidades que cualquier persona bien intencionada aspira a seguir como norma de vida. Pero con una perspectiva muy extraña, desde mi forma de ver, este asunto de cómo tratamos con los animales, una vez que no los vemos como necesarios para nuestra alimentación o para ser materia prima para productos diversos.

Así, hay personas que ya no quieren ver a los cerdos como un animal para alimentar y comerlo, los quieren ver como mascotas, pero… metan un cerdito en un departamento… es cosa imposible, y en lugares como en Estados Unidos han tenido que crear unos santuarios para cerdos, por la cantidad de estos que de pronto andaban sueltos en las periferias urbanas debido a la cantidad de personas que los botaban así nomás, al ver que su “mini” cerdito crecía más de lo que el vendedor les dijo y que su peso y tamaño ya no les permitía tenerlos en su departamento. Y los mini cerditos que no crecen es porque los tienen famélicos, muertos de hambre todo el tiempo, ya que les controlan la comida. En México es una tendencia actual, lo de los “mini” cerdos de mascota y espero que en lugar de santuarios terminen en un criadero y mejor nos los comamos. ¿O no?

En fin, que actualmente las personas que consumen carne en lugares como la ciudad de México, la gran mayoría no tienen la ni la más mínima idea de dónde sale la carne que compra en el mercado o en las grandes tiendas llamadas supermercados. De ello me percaté cuando en las prácticas de campo que haciamos hacia lugares fuera de la ciudad de México con grupos de jóvenes universitarios de licenciatura, al salir a carretera de pronto surgía la pregunta: ¿qué es eso, profesora? Y era un chivo, o un borrego, o una vaca, o pollos. Es asombroso el asombro de una persona de veinte años que por primera vez ve un animal que sólo conoce en ilustraciones y más asombroso aún saber que se entera por primera vez que toda su vida ha comido pollo y nunca se había fijado que el pollo comida, viene de un pollo animal. Y por ese desconocimiento es por lo que me parece que se da “la ternura común por los animales”, porque ya no los conocemos ni estamos en contacto con ellos, ya no los entendemos como materia prima para nuestra sobrevivencia cotidiana, como hace 100 años que sí se tenía ese contacto. Pero la industrialización sacó de los mataderos urbanos a los animales del consumo diario y los metió en las grandes granjas industrializadas donde ya todo ocurre sin que se vea la matanza de los animales para el consumo humano.

Hace muchos años que no voy a Morelia, Michoacán, pero allá por el inicio del siglo XXI, aún se conservaba la costumbre de consumir carne fresca de pollo, fresquísima, matada enfrente de los ojos del cliente. Y esa fue la última vez que he visto la matanza de los animales en un área urbana. Porque fue en un fraccionamiento (unidad habitacional) del área connurbada de la ciudad mencionada, en el mercadito que llegaba a ponerse un día a la semana, donde vi ese puesto de carne fresca de pollo, con su corral de pollos vivos, para escoger el más antojable a la vista del cliente y allí mismo cortarle el cogote, desangrarlo y llevarlo al gran recipiente con agua hirviendo para desplumarlo, luego ponerlo en la mesa para limpiarlo y prepararlo como el cliente lo pida: entero, deshuesado o cortado en piezas, para entregar un pollo fresco, listo para un guiso delicioso. Curiosamente, un pollo fresco no está frío, está tibia la carne aún, más que nada por la hervida para desplumarlo.

Me pareció muy adecuada esa manera de obtener la carne fresca de pollo y hasta se me hizo absurdo que en la ciudad de México no se vendiera así la carne fresca de pollo en los mercados sobre ruedas que pululan por la ciudad. Y no creo que sea por lo de los recipientes con agua hirviente, porque en esos tianguis hay unos cazos enormes de aceite a alta temperatura para hacer las carnitas de cerdo y no hay problema con ello. Lo cierto, es que esa escisión que hay actualmente en el consumo de carne, de no saber cómo es el animal que nos estamos comiendo, es lo que está haciendo que nuestra manera de ver y tratar a los animales se vuelva algo extraña, cuando hay personas que le festejan los cumpleaños a su perro, gato, perico, cerdito, pez, mapache, nutria, tortuga, por decir algunos de los animales que actualmente están de moda como mascota, y los visten e interactúan con ellos como si fueran una persona. O lo que ocurre con algunos veganos que han renunciado al consumo de las carnes pero usan zapatos y ropa de piel auténtica y diversos accesorios para vestirse, no quieren comérselos, pero sí portan sus zaleas orgullosos de la calidad de su elegante ropa y fino calzado de piel natural.