Cuentos
Nadie huye a su destino
Mood Magazine
hace 3 semanas

Alejandra Inclán nació en Veracruz, Veracruz, México en 1977. Es escritora y licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Veracruzana.

 

 

 

Por: Alejandra Inclán

Nunca pensó encontrar la muerte en ese lugar tan concurrido. Lejos de su rancho. De sus campos. De esas tierras que arrebató, donde fue el peor de los caciques. Donde aterrorizó a tantos después de huir de la revolución.

Odiaba ver tanta gente y no poder gritarles y humillarles. Ser uno más. Hubiera querido decirles quien era, pero sabía que tenía que ser prudente. Se suponía que él ya no existía. Que había muerto. Ahí en la capital ya debían haber llegado las noticias de su desaparición. Tal vez aún era buscado. No lo sabía y no quería averiguarlo. Mejor siguió caminando en aquel mercado buscando su carne.

Su supuesta muerte le ayudó a someter al pueblo de El Mesón. Ahí se refugió. Las noticias no llegaban tan rápido, menos en ese pueblo Veracruzano perdido de Dios. Cuando lo vieron con su traje militar les dio miedo a todos. Pocos eran los hombres que quedaban ahí, casi todos de avanzada edad. La mayoría de los jóvenes se largaron con un fusil o un machete a ser parte de la revolución. Nadie regresó. Y los que estuvieran en camino de regresar, si es que había, Pascual Cazarín no les permitiría hablar.

Él y tres hombres que sobrevivieron de su pelotón, decidieron quedarse ahí y explotar hasta donde pudieran a esa gente. Huían de las nuevas autoridades. Ellos perdieron. Al general lo dieron por muerto. A los hombres que abandonó en el campo de batalla, les encomendó esparcir el rumor de su muerte por una de las tantas balas. Los vencedores no creyeron del todo su muerte. Nunca encontraron su cadáver. Los sobrevivientes dijeron que lo enterraron y no se acordaban del punto exacto.

El general y sus oficiales le dijeron al pueblo que ellos eran los vencedores y que en premio a su labor, les habían dado el gobierno de ese lugar, que el que no estuviera de acuerdo tendría una bala en la cabeza. Nadie se quejó. Estaban acostumbrados a ser apacibles y dejarse llevar por la apariencia de autoridad, como la última vez, cuando un líder campesino fue a invitarlos a unirse a sus fuerzas revolucionarias. La diferencia era que en aquella ocasión podían decidir, en está no había elección.

Buscaron la mejor casa y se adueñaron de ella y de muchas de las tierras circunvecinas a la casa. Pusieron a las mujeres a servirles como reyes. A los niños y jóvenes que quedaban les hicieron trabajar en lo que hiciera falta para ellos. Todos les obedecían. Tenían miedo. Los amenazaron con dejarlos sin comida y matarlos si era necesario.

Cuando se le antojaba a Pascual y a sus oficiales, violaban a las niñas que ya estaban a en edad de “merecer”. Se deleitaron esclavizando a esa gente. Hasta cerraron los caminos. Mandaron a tirar árboles y poner piedras para que nadie   se le ocurriera entrar. De por si la entrada principal al pueblo era poco visible y accidentada para transitar, incluso a caballo, con el “arreglito” del general se hacía imposible la llegada.

Pero nada es imposible para los “húngaros”. Así se les decía en esas regiones a los gitanos. Un día entraron abriéndose camino entre una milpa seca, consideraron que nadie se enojaría por pasar por ahí sus carretas. No había nada que cosechar en ese sembradío mal dado. La señal de vida que les atrajo fue el humo de los fogones que divisaron a lo lejos en su peregrinar de varios días, en los cuales les empezó a escasear el alimento.

El general estaba “encabronado” cuando los vio. Tomó su fusil dispuesto a correrlos. Al verlo el líder de los “húngaros” se le aproximó sin el más mínimo temor y le dijo: <<Venimos en paz señor, a dar nuestro espectáculo. Se ve que usted es el que manda. Tome estás dos botellas de aguardiente como tributo por nuestra estancia por aquí>>.

Pascual miró las botellas. El cerrar los caminos y no dejar a nadie salir del pueblo, le había alejado de su segundo placer más grande en la vida, aparte de las mujeres: la bebida.

Vaciló. Bajó el fusil y tomó las botellas y le gritó al húngaro:

–¡Serán tres botellas por día que estén aquí!

–Puedo darle 7 botellas, pero déjenos quedarnos unos tres días.

El general titubeó. Sin embargo aceptó. No vería muy seguido licor por ahí. Asintió, no sin antes advertirle al húngaro:

–Acepto. Nomás no hagan desmadre y no me alboroten mucho a la gente. Y prohibido hablar algo de la revolución. ¡¿Quedó claro?! –gritó el general.

–Sí señor. Traemos mercancías, algunos hechizos de amor, leemos la buena fortuna. Aceptaremos el pago con comida y objetos que pueda darnos su pueblo.

–Y no se les ocurra robar. Yo aquí soy la ley y quien la quebranta me lo “chingo”.

–No se preocupe señor. Somos honrados.

–Bueno, no se diga más, ¡monten su desmadre!

El pueblo estaba contento. Después de meses de estar temblando ante las órdenes del general, tenían con que entretenerse. Pascual Cazarín también estaba alegre. Por fin tenía agua ardiente. Bebió ese día y toda la noche con sus oficiales. Mandaron a matar una de las vacas más gordas y tiernitas que había en el pueblo.

Matilde, la dueña de la vaca, era la mujer con la que el general le encantaba “coger”, casi la tenía de planta en su casa. Tenía 18 años y un cuerpo con la grasa bien distribuida en sus caderas y senos, con una cintura que ni el nacimiento de sus hijos le quitó. A los 15 se casó y enseguida se embazó. Tuvo dos hijos, uno tras otro. Su marido partió a la revolución con los demás. Cada noche lloraba pensando si estaba vivo o no.

El general le tenía algunas consideraciones a Matilde, por ello se animó a suplicarle que por favor no matara a la vaca, que necesitaba la leche del animal para alimentar a sus hijos, que por qué no mejor le quitaba una a don Ramiro o a don Cleto, a ellos todavía les quedaban como 10 vacas, cada una con sus respectivos becerros, un poco viejas, pero su carne aún sería buena. Eso hizo que el general se le subiera la “muina” a la cabeza y la abofeteó varias veces. Cuando terminó le gritó: <<En castigo tú serás quien cocine la carne de ese animal. Iba a poner a otra pendeja, incluso te iba a dar unos bistecs pa ti y tus mocosos. Ahora te chingas, la cocinas y toda la carne se queda pa mí y pa quien yo decida>>.

Matilde lloraba y no le quedó otra cosa más que obedecer. Si el general se enojaba más, se atrevía a matarla a ella o a uno de sus hijos.

Al día siguiente, muy de madrugada, Matilde fue a buscar a los húngaros. Aprovecho que el general y sus oficiales dormían aún con efectos del alcohol. Era una mujer inteligente, y sospechaba que el general no había sido asignado a gobernar en su tierra. Se asomó sigilosamente en todas las tiendas, buscando alguien que le inspirara confianza, hasta que vio a una mujer con una niña durmiendo. La despertó. La mujer extrañada le dijo:

–Oiga es muy temprano. Al rato le leo la fortuna.

–No quiero que me lea nada. Quiero pedirle un favor.

–Bueno, ya me despertó, dígame.

–¿Qué sabe de la revolución? Mi marido se fue hace mucho tiempo. Muchos hombres se fueron y ninguno ha regresado. Quiero saber si está vivo. Si ganaron los de su bando.

–De la revolución tengo prohibido hablarle. De su marido si puedo, con las cartas, le puedo echar las cartas y saber si sigue con vida.

–Mire. Éste anillo es de oro. Mi Pánfilo lo encontró hace mucho tiempo, cuando fue como peón a la capital. Dígame algo de la revolución por la virgencita.

La húngara respiró. Les habían advertido que ni una palabra de ello. Sin embargo, el oro le atraía mucho. Podía mentirle para salir del paso. No quiso. Aunque era codiciosa, le gustaba dar un buen servicio y decir siempre la verdad, fuera trágica o no. No necesitaba las cartas para hablar de la revolución, en sus andanzas vio mucho.

–Te hablaré de la revolución, pero antes veamos lo de tu marido –buscó sus cartas, las revolvió y se las extendió boca a abajo–. Toma una para empezar y muéstramela.

Matilde obedeció y se la mostró a la húngara.

–¡Ay no! –dijo la húngara con un gesto de terror que le desfiguró la cara.

–¿Qué pasa? ¿Qué significa la carta? –preguntó angustiada.

–Es la muerte, veo la muerte…

–¡Lo sabía! ¡Pánfilo se murió!

–Sí, se murió, pero la muerte que veo no es la de él, es la mía y la de los demás. Tengo que avisarle al…

No terminó la frase. Uno de los oficiales del general entró y disparó directamente a la cabeza de húngara. El oficial vio a Matilde cuando se dirigía a donde estaban los gitanos. Había salido a orinar al patio y la vio. A pesar de seguir ebrio la siguió quedamente. Cuando ella entró a la tienda él se acercó despacio para poder oír lo que decían. Pensó correr y avisar a Pascual. Pero como oficial, tenía permiso de disparar en caso de una rebelión, y preguntar de la revolución significaba rebelión para él. Así que no lo pensó y disparó a matar.

–¡Pinche vieja! –dijo el oficial mirando el cuerpo de la húngara–. Aquí quédate mientras me chingo a todos –se dirigió a Matilde.

El disparó despertó a todos los húngaros. La gente del pueblo ni se asomó. Tenía miedo. La última vez que hubo un disparo ahí fue para dar una advertencia a los que se mostraban holgazanes en el trabajo. Dos muchachos fueron los muertos ese día.

Los húngaros al ver lo que pasaba, agarraron lo que pudieron mientras salían huyendo. Varios de ellos fueron alcanzados por las balas. Pocos lograron escapar. El alboroto levantó al general que corrió a ver qué pasaba. Su oficial le contó todo.

–Y la Matilde, ¡¿dónde carajos esta?!

–Ahí en esa tienda mi general –dijo el oficial.

Pascual Cazarín se asomó a la tienda. Ahí estaba Matilde. Abrazando a la hija de la húngara, que se despertó con el disparo y lloraba desconsolada por su madre.

–¡Hija de tu puta madre! Así que querías saber de la revolución. No te mato nomas porque me encanta coger contigo desgraciada. Cuando me aburra de ti te llegará tu hora.

Matilde se sentía culpable de lo que estaba pasando, sintió el peso de la muerta que tenía al pie y el de los muertos que imaginaba esparcidos fuera de la tienda. Abrazó a la niña y le prometió que ella la cuidaría, que no la dejaría sola.

Ya en la casa del general, él la golpeo hasta que se cansó. Exhausto se sentó. Uno de sus oficiales le dijo que había una escuincla desconocida llorando allá afuera. Con las pocas fuerzas que le quedaban a Matilde le dijo al general que la niña era hija de la húngara. Que dejara por favor hacerse cargo de ella, para aliviar su conciencia. Que la niña sería útil, pues ya estaba grandecita como para cuidar a sus hijos, así podría ocupar todo su tiempo para él.

El general ya estaba cansado y más por ello que por lástima, dijo que sí. De esa forma la pequeña Siria de 9 años se quedó en el pueblo. Al poco tiempo demostró que había heredado el don de su madre, aunque en un nivel más alto. Veía cosas y predecía el futuro sin necesidad de barajas, aunque se apoyaba en ellas. Conservaba las cartas de su madre, le protegían, pues tenían manchas de la sangre de ella y su espíritu se aferró a ese mazo para seguir cerca de su amada hija.

Un día el general la vio con las cartas en el patio de su casa y se molestó.

–Qué haces aquí mocosa. Vete a jugar a otra parte. Deberías estar cuidando a los mocosos de la Matilde.

Sin mirarlo y poniendo atención a las cartas le contestó:

–Están dormidos. El revoltijo de hierbas que les di los hace dormir mucho y no molestan. Vine para ver a Matilde. Ya le avisé que estoy aquí, me asomé por la ventana de la cocina, pero estaba ocupada, por eso la esperó. Mientras, leo las cartas.

–¿Leer las cartas? ¡Qué pendejadas dices chamaca!

–No les diga así a las cartas. Lo pueden maldecir –volteó Siria con una mirada de odio. Desde la muerte de su madre perdió su niñez y hablaba como si fuera adulta.

La mirada de Siria le dio miedo al general. Él que siempre era tan hombre tuvo un destello de miedo. Evadiendo su mirada y viendo al cielo le preguntó:

–¿Qué te dicen las cartas sobre el pueblo?

–Que se va a inundar –le dijo secamente.

–¡¿Qué?! Pinche chamaca, no ves el sol que hace, ni una nube hay.

–Pero se va a inundar, hoy en la noche. Sólo será esta noche. Por la mañana no lloverá y el agua en tres días bajará. Ya le fui a avisar a toda la gente. Ahí en la loma grande nos podremos salvar con todo y animales. Eso vine a visarle a Matilde.

El general mejor no dijo nada, se dio la vuelta y entró a la casa.

Por la noche se desató el aguacero más feroz visto en años en El Mesón. El río se desbordó, y tal y como dijera Siria, el único refugio fue la loma grande. A la primera señal de trueno todos empezaron a correr ahí. Los que tenían animales ya se habían preparado. Creían en las supersticiones y le creían a Siria. Muchos consultaron a su madre y vieron que era acertada. Siria también les advertía cosas y se cumplían. No dudaban “ni tantito” en que el pueblo se inundaría como ella les había dicho. Por eso llegado el momento, atendieron a su consejo para salvarse.

Los últimos en subir a la loma grande fueron el general y sus oficiales. No creían. Y por ello casi fueron arrastrados por el agua, que les llegaba a la cintura cuando intentaban alcanzar la loma. Si Pascual había sentido miedo con los ojos de Siria, con la predicción cumplida lo sentía más. Quería saber cuánto le iba a demorar su cacicazgo. Tenía que saber si los que mandaban en el gobierno, lo descubrirían. Esperó hasta que se normalizaron las cosas para ver a Siria a solas y preguntarle sobre sus dudas.

Las aguas bajaron a los tres días como predijo Siria. Pascual Cazarín aún tenía su casa en pie, estaba hecha de ladrillos. Las de muchos se las llevo el agua. Estaban hechas de madera o de palma. Las cercas también fueron arrastradas. Era más difícil tener el control de las vacas.

De regreso a su la casa ordenó a todos que se largaran a ayudar a las reparaciones del pueblo. <<Que la hungarita se quedé aquí Matilde, tengo un asunto que arreglar con ella>>, dijo Pascual. Matilde palideció, pero el general la calmó enseguida. <<No te preocupes, sólo quiero que me hable de mi futuro. Lárgate sin pendiente, anda>>.

Y así se quedaron solos los dos en la enorme casa.

–Si eres tan buena viendo el futuro, por qué no le avisaste a tu gente lo que les pasaría en éste pueblo –preguntó el general.

–Nadie huye a su destino –dijo Siria.

Pascual Cazarín la miró titubeante, con curiosidad sobre el asunto, sin embargo, le precisaba concretarse en lo que le importaba. Así que fue directo al grano.

–Anda pues, saca tus cartas. Léeme el futuro.

–No hay necesidad. Se lo leí ese día que me vio en el patio con las cartas.

–Y qué te dijeron las cartas, dime.

–Que usted va a morir.

–¡¿Qué?! ¿Cómo?

–Usted morirá de la cornada de una vaca.

Pascual palideció. Siria predijo lo de la inundación y todo sucedió como lo dijo. En el pueblo quedaban pocos animales, los suficientes para sorprenderlo un día. Y más que se habían caído las cercas y no se les podía controlar fácilmente.

Se puso de pie y caminó por todo la casa pensando que hacer. <<Si el problema son las vacas las matare a todas>>, pensó. Luego recapacitó y vio a Siria.

–A ver dime, llegará gente extraña aquí al pueblo.

–Para cuando lleguen usted estará muerto y sus oficiales también –sentenció Siria.

El general palideció aún más. Matar las vacas no detendría que llegaran autoridades a deshacer lo que tanto trabajo le costó. Todos debían creerlo muerto allá en la civilización. No le convenía que lo hallaran. <<Si mato a las vacas esquivo la muerte, pero no a la autoridad>>, especuló.

Tomó una decisión drástica. Llamó a sus oficiales. Les ordenó le buscaran un buen caballo y comida para varios días. Que iba a hacer unas diligencias. Que regresaría pronto. Se despojó de su ropa de general y ordenó que le consiguieran ropas de civil. Para cuando estuvo listo casi anochecía. Dictaminó a sus oficiales que lo custodiaran hasta la salida. Tomaría la ruta de los húngaros para irse. Mandó a los muchachos del pueblo a mantener todas las vacas lejos de la ruta que iba a recorrer para salir de El Mesón. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, les dijo a sus oficiales que disfrutaran mientras él no estaba, que hicieran lo que quieran en su ausencia con el pueblo.

Empezó a galopar lejos de las vacas de El Mesón, con el temor de encontrarse una en el camino. Tenía que huir de toda zona rural. Ya no le preocupaban las autoridades, le preocupaban las vacas.

Después de muchos infortunios logró tomar un tren a la capital. Si alguien lo buscaba, sólo era en el estado de Veracruz, en la capital ni sabían de él. Y sobre todo, ahí no habría animales paseándose por las calles. Ahí no había vacas. Ahí no moriría…

Su viaje fue sin contratiempo. Llegó a la capital y se instaló en una pequeña casa de huéspedes. No dormía muy bien y se despertaba día a día maldiciendo la horrible comida. Tenía dinero suficiente como para vivir 6 meses sin trabajar, el cual consiguió de sus múltiples saqueos antes de llegar a El Mesón. Buscó algo barato para dormir y no gastar mucho. Estaba acostumbrado a las incomodidades de un cuarto pequeño, pero no a la mala comida. Le encantaba hartarse y comer carne. Por eso es que acabó rápidamente con el ganado del pueblo. En ese lugar donde estaba, la dueña sólo hacia pollo y frijoles. Nada de carne. Le reclamó a la señora. Esta le dijo que el pago del hospedaje no daba para estar haciendo carne. Que salía muy caro el kilo porque había que traer de muy lejos a las vacas para matarlas.

–¿Entonces aquí en la capital no venden carne? –cuestionó Pascual, con un tono amable y sarcástico que le hacía hervir la sangre. Odiaba no tener el poder que tuvo en El Mesón y darle unos “madrazos” a la mujer.

–Sí venden. En el mercado. Pero está muy cara.

–Si yo la compro me la prepara –dijo Pascual a punto de darle una bofetada.

–Claro. Deme el dinero y se la traigo.

–Yo voy –dijo desconfiando de la honradez de la señora–. Dígame cómo se pide y dónde está el dichoso mercado.

La señora le dio los pormenores y Pascual Cazarín se dirigió al sitio indicado. Odiaba estar entre tanta gente y no poder mandarles e imponerles su autoridad. Tenía que calmarse, no le convenía armar escándalos. Vio su preciada carne y se apresuró a la carnicería. Pensó: <<Así es como me gustan las vacas, bien muertas>>. Casi había llegado al mostrador, cuando alguien choco con él y tropezó. Trato de agarrarse de lo que pudo y logró hacerlo, sin embargo, lo que tomó entre sus manos no tenía ningún soporte. Era la cabeza de la vaca que ya estaba hecha bistecs en la carnicería, y que ahí tenían para despachar directamente carne de cabeza de vaca. Todo fue muy rápido. Los cuernos de la cabeza estaban filosos y uno de ellos penetró directamente en el costado derecho de Pascual Cazarín, destrozándole el hígado por dentro. Su cuerpo tembló queriéndose aferrar a la vida, mas de nada sirvió. Murió de la cornada de una vaca.

Tres días después de la muerte de Pascual las autoridades lograron entrar a El Mesón. Un húngaro les dijo cómo entrar y lo que les pasó hace un tiempo en aquel pueblo. Al llegar encontraron tres cadáveres con trajes militares colgados de un árbol, como si se hubieran suicidado. La noche que regresaron los oficiales de escoltar al general, los emboscaron los muchachos. Los mataron a machetazos y luego los colgaron en señal de justicia.

Matilde abrazaba a Siria, externándole su temor por el posible regresó del general. Siria le dio un beso en la mano y la tranquilizó diciéndole: <<Nadie huye a su destino, cuando crees huir, vas derechito a su encuentro>>.